Ni a quién le importe la Estela

Debo confesar que decidí escribir sobre la Estela de la Luz, aún cuando sé que a varios días de su inauguración, seguramente a usted ya no le importa en lo más mínimo.

Y no lo culpo; después de todo, la Estela de la Luz es un tema que no le importa a nadie.

No le importó a la Secretaría de Educación Pública, que de última hora decidió cambiar la fecha de inauguración y cortó el cordón de forma exprés para acabar de una vez y por todas con el derroche de costos políticos que ha significado para el Gobierno.

Tampoco le importó a la Secretaría de Hacienda, cuando el costo de construcción aumentó exponencialmente y rebasó los 1,035 millones de pesos, es decir, un 108% más de lo que el Colegio Mexicano de Ingenieros Civiles estima debió ser su costo.

Le dio igual a la Secretaría de la Función Pública, que evidentemente no querrá señalar dedos ni buscar culpables en pleno año electoral.

La ignoraron las Cámaras, que como siempre, no se cansarán de crear comisiones obsoletas y exigir justicia, mientras el tema reditúe políticamente.

Y menos le importó a su autor, César Pérez Becerril, que cansado de pelearse con el Gobierno Federal entero por acusar la corrupción en el manejo de los recursos, se habrá resignado al saber que su nombre no apareció siquiera en el discurso inaugural.

El monumento le dio igual a los círculos culturales, a los artistas y a los intelectuales, pues no sintieron inclusión alguna en su diseño. La comunidad internacional también la ignoró por completo.

Y aún más importante, la emblemática construcción no le importó a la ciudadanía, porque nadie parece encontrarle sentido, ni uso, ni razón de ser.

En pocas palabras, como decía en un principio, la Estela de la Luz no le importó a nadie.

Pero parece ser que, a pesar de que hemos sido tan apáticos al respecto, no dejamos de hablar de ella. Acusamos, juzgamos, comentamos y seguramente habrá también quien la enaltezca. Lo cierto es que desde que se anunció el concurso para su diseño, la Estela de la Luz ha bajado y subido su rating, pero siempre se ha mantenido en el debate público.

Es bastante curiosa entonces nuestra actitud al respecto. Por un lado cerramos los ojos, nos deslindamos, tomamos distancia y la queremos olvidar. Pero por el otro, apuntamos dedos, señalamos culpables y se convierte en tradición quejarnos de ella.

¿No será que pese a que no nos guste, esta errada escultura simboliza mucho más de lo que queremos admitir?