TEXTO INÉDITO: El ruso que tenía nueve vidas

Por Eliseo Alberto

El 15 de junio de 1984, yo subí a bordo de un TU144 de la Compañía Aeroflot y volé catorce horas hasta Moscú porque sabía que uno de sus 7 millones habitantes era un anciano de nombre Igor Krúgov, bailarín y coreógrafo, que había nacido con el Siglo XX y si aún estaba en este mundo, como me aseguró en La Habana una fuente confiable de la embajada soviética, podía considerársele un gato: sólo un animal con nueve vidas pudo haber resistido con 13 años las hambrunas de la Primera Guerra Mundial y con 17 los cañonazos de la Revolución de Octubre; iba a cumplir 24 cuando Boris Borodiuk, pianista acompañante del Teatro Bolshoi, su primer gran amor de hombre, le dio llorando la noticia de que Vladimir I.
Lenin había dejado de respirar en la aldea de Gorki; por si fuese poco, ya pasaba de 36 cuando Stalin ordenó la Gran Purga que llevaría a las cárceles o al patíbulo a miles de camaradas que aún creían en la posibilidad de una Rusia sin zares, y sumaba 41 años la noche que Adolf Hitler dio el banderillazo para que 4 millones 500 mil de soldados alemanes, cinco mil tanques y cuatro mil aviones acabaran para siempre con el comunismo. Si no murió en cualquiera de esas hecatombes, bien pudo hacerlo de inanición en las largas noches de un Moscú sin panes o de frío durante la batalla de San Petersburgo o de soledad a pocos días de cumplir 50, en las minas de oro de Magadan, campo de concentración en el extremo oriental de la Siberia, a donde lo deportaron porque llevaba la mitad de su existencia amando al virtuoso Boris Borodiuk en la misma habitación de sus lejanas juventudes, quinto piso sin ascensor, allá en un pequeñísimo cuarto de un palacete hoy venido a menos; iba a celebrar su cumpleaños 54 cuando lo liberaron del GULAG sin ofrecerle disculpas, diez meses después de que, una mañana de marzo de 1953, la Unión Soviética se paralizó en seco para llorar la muerte del camarada Stalin, el hombre de acero. Igor Krúgov también volvió a casa. Su esqueleto subió cojeando los cinco pisos, escalón tras escalón, ciento sesenta escalones hasta el infierno. Venía viudo. A Boris se le habían roto los pulmones durante el invierno de 1952: llevaba cien horas congelado al pie de una chimenea donde nunca hubo leña ni fuego ni calor de hogar cuando un vecino reportó su extraño silencio a las autoridades. Ya nadie tocaría en ese piano vertical las mazurcas de Alexander Scriabin. ¿Y quién tomaría el te con Igor en la cocina, el rincón más íntimo de la buhardilla? Doce metros cuadrados sin baño propio ni calefacción ni ventanas exteriores ni otro paisaje a la vista que no fuese el desierto del techo. Un techo de cal que tenía en cada esquina el bajorrelieve, también calado, el escudo de armas de alguna vencida familia aristocrática: dos águilas mordiendo un pato por el cuello más un ramo de uvas moradas. En la pared de la sala, un cartel en blanco y negro reproducía la imagen de un rey de madera semihundido en la nieve. A pesar del tiempo transcurrido, la roja tipografía del afiche aún anunciaba a quien lo leyese que el domingo 27 de junio de 1926 se estrenaría la película Fiebre de Ajedrez, del director Vsevolod Pudovkin, con la actuación especial de un habanero que 58 años atrás había llegado a Rusia para disputar el torneo de ajedrez más fuerte de la historia: el campeón mundial José Raúl Capablanca, también campeón de bridge y de póker, mago en el billar, con suerte para tirar los dados, conquistar mujeres y buscarse enemigos. Un príncipe.

—El único príncipe de carne y hueso que he conocido —me dijo Igor Krúgov la tarde que por fin lo encontré en un campo deportivo a orillas del río Neva. Nos entendimos gracias a Anna, mi joven intérprete e hispanista moscovita. Quince días atrás, durante mis pesquisas en la capital rusa, un amable funcionario del Bolshoi me había informado que el viejo bailarín estaba contratado como maître en una academia de danza en Smolensk, pero en Smolensk me aseguraron que no, que había subido hasta Vólogda donde colaboraba en la restauración de un monasterio, y en Vólogda supe que sí, en efecto, Igor había estado unas tres semanas en la abadía de San Isidro, ayudando en la ceremonia de la peregrinación, “algo complicada por la estrechez de los puentes; terminado el desfile patronal, siguió camino a Leningrado, 600 kilómetros más al norte”, me dijo un seminarista georgiano. En el antiguo San Petersburgo corría el verano más verano que me ha tocado disfrutar: me sentí abeja. A Anna le pareció un símil muy cursi.
Igor Krúgov estaba en una canasta de aluminio suspendida de una grúa, a seis metros de altura. Desde allá arriba, megáfono en mano, impartía órdenes a los ochocientos atletas que se encaramaban unos sobre otros en temblorosa pirámide humana. La tabla gimnástica debía conmemorar no recuerdo qué aniversario de quién sabe cuál sindicato y esa mañana de sol trabajaban a paso doble, contra reloj.

El veterano coreógrafo me regaló su media hora de merienda. No lo sentí llegar: como calzaba zapatillas de Aladino, y era cojo, parecía gravitar a un centímetro del suelo. Llevaba boina verde sin insignias, pantalón vaquero sujeto con tirantes, camisa blanca de mangas largas y un pañuelo de lunares anudado al cuello, como cowboy de Hollywood. En el bolsillo izquierdo alguien había bordado con hijos azules una doble capitular: BB.
Por la pomposa caligrafía pensé que quería decir Ballet Bolshoi, en alfabeto romano (no cirílico). Al comprobar cómo le temblaba el mentón cuando mencionó el trágico final de su amante, y ver que se tapaba el monograma en el hueco de su mano derecha, cruzada al pecho, supe que había leído mal las iniciales: BB era lo único palpable que quedaba del pianista Boris Borodiuk.

—Capablanca se hospedaba en el Hotel Metropolitan, a pocos metros de nuestro teatro. Una mañana, temprano, irrumpió como relámpago en un ensayo de El lago de los cisnes y preguntó por Galina Rubleva, talentosa solista de la compañía. Fue un acto de magia colectiva: todas las muchachitas enloquecieron con él –me dijo Igor y le sacó chispas a sus pupilas azules cuando añadió en susurro cómplice una frase muy larga que Anna compactó en una sola, directa al corazón: —Y los varones también.

—Sí, eso dijo: “Y los varones también” —ratificó mi intérprete.

Igor ahora le hablaba a sus dedos, que toqueteaban el aire:

—¡Qué bello era, Dios mío, más bello que Ramón Novarro, más bello que el suave Valentino! ¡Oh!, Capablanca… —. Tenía una voz gruesa, de barítono jubilado, que contrastaba con su aún esbelta figura. Movía las manos:
llevaba sortija de ámbar en el anular derecho.

—A eso vine, maestro: a que me contara de mi paisano –le dije, siempre a través de Anna.

—¡Cómo olvidarlo! –suspiró Igor y se dejó llevar y traer por el pleamar de la memoria, como si buscara en sus recuerdos marchitos una imagen que me presentara de cuerpo entero a José Raúl Capablanca, tal cual él lo recordaba cada noche de tentación: joven, hermoso, viril, resucitado. La encontró.

—¡Si tú lo hubieras visto bajar una escalera! –dijo en aceptable español.
Igor hizo un giro clásico, lento, bien ejecutado, y quedó de espaldas a mí pero de frente a un ventanal de cristales. Aplaudía. Solo. A los abedules. Al río Neva. Al Báltico. A Dios. Entonces escuché una ensordecedora ovación. En sus manos aplaudían doscientas manos en Pernambuco…


Antes de entrar por segunda ocasión al Hospital General para recibir el esperado transplante
de riñón, el escritor cubano trabajaba en este texto, del cual publicamos hoy un fragmento
a modo de homenaje que La Razón le hace por su gran legado en las letras hispanas

Perfil de Eliseo Alberto

Eliseo Alberto de Diego García Marruz, “Lichi” para sus amigos (10 de septiembre de 1951, Arroyo Naranjo, Cuba- 31 de julio de 2011, México DF), fue un periodista, novelista, poeta y guionista cubano que vivió en México desde 1990 y cuya ciudadanía adoptó en el año 2000

Hijo del poeta cubano Eliseo Diego, se licenció en periodismo en la Universidad de La Habana, fue jefe de redacción de la gaceta literaria El Caimán Barbudo y subdirector de la revista Cine Cubano. Como docente, impartió clases y talleres de cine en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, el Centro de Capacitación Cinematográfica de México y el Sundace Institute de Estados Unidos y en Chile.

Su hermana gemela, Josefina de Diego (María Josefina de Diego García Marruz, Fefé para sus amigos), que ha permanecido en Cuba, también es escritora: ha publicado un exitoso libro para niños, se dedica a la traducción del inglés al español y es compiladora de la obra de su padre.

Eliseo Alberto adquirió fama internacional después de ganar el Premio Internacional Alfaguara de Novela de 1998.

Sostuvo que “el ajedrez sigue siendo la pasión más grande” de su vida. Fue un gran cocinero, como él mismo afirmó: “Me gusta la cocina, he aprendido que soy un cocinero extraordinario. Eso lo aprendí cuando me quedé solo con mi hija que era muy pequeñita. A mí la cocina me entretiene muchísimo. Cocino mucho, en mi casa todos los días van a comer diez o doce amigos, casi todos cubanos errantes también, exiliados. Muertos de hambre que van a la casa a buscar su olla popular, digamos. La cocina me entretiene mucho, me encanta cocinar, me gustaría escribir un libro de cocina”.

Estuvo casado0 con la bailarina cubana Rosario Suárez, Charín (Eliseo Alberto dijo que dejó de escribir poesía el día que se divorciaron); María del Carmen Álvaro Díaz, quien el 1 de junio de 1984 dio a luz a su hija María José; y Patricia Lara, por cuyo amor dijo haberse instalado en la parte alta del Desierto de los Leones. Vivía con su hija María José en un departamento en la Colonia Del Valle, zona céntrica de Ciudad de México.
Falleció en la Ciudad de México el 31 de julio de 2011, a los 59 años de edad.

 Poemarios

* Importará el trueno (1975, La Habana, UNEAC)
* Las cosas que yo amo (1977, La Habana, Ediciones Unión)
* Un instante en cada cosa (1979, La Habana, Ediciones Unión)

 Novelas

* La fogata roja. La Habana, Gente Nueva, 1985.
* La eternidad por fin comienza un lunes. México, Ediciones del Equilibrista, 1992.
* Caracol Beach. Madrid, Alfaguara, 1998.
* La fábula de José. México, Alfaguara, 2000.
* Esther en alguna parte (2005), Espasa. Finalista Premio Primavera de Novela. ISBN 88467017595, 198 p.
* El retablo del conde Eros (2008), ed Planeta Mexicana, El Aleph.

 Otros

* Informe contra mí mismo, escrito en 1978 y publicado más tarde en el extranjero; narra cómo la seguridad del Estado cubano le pidió que hiciera un informe contra su propia familia; Editorial Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, 1997 ISBN 968-19-0339-0, 9789681903398, 293 p.
* Dos cubalibres: nadie quiere más a Cuba (2004, Península). Artículos y entrevistas
* Una noche dentro de una noche (2006, Cal y Arena), recopilación de 75 entregas de su columna periodística Rueca dentada en el diario mexicano La Crónica de Hoy
* Breve historia del mundo (Santillana México, Literatura Infantil)
* Del otro lado de los sueños (Santillana México, Literatura Infantil)
* En el jardín del mundo (Santillana México, Literatura Infantil)

También escribió guiones de cine y televisión, entre otros el de la película Guantanamera (1997), dirigida por Tomás Gutiérrez Alea. Él mismo fue muy crítico con su talento de guionista: “He escrito varias de las peores películas que se hayan filmado nunca en el planeta”.